Billy Budd, marinero

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Sin volición, como si el populacho del barco fuese únicamente el vehículo de una corriente eléctrica vocal, se oyó de proa a popa un eco que resonó como una sola voz: «¡Que Dios bendiga al capitán Vere!», aunque, en aquel instante, solo Billy debía de estar en sus corazones, y en sus ojos.

Al oír estas palabras y el eco espontáneo que las repitió en voz alta, el capitán Vere, ya fuese por un estoico dominio de sí mismo o por una especie de parálisis momentánea producida por la emoción, continuó tan erguido como un mosquete en el armero.

El casco del barco estaba a punto de recobrar la vertical de la quilla y regresar de su periódica inclinación a sotavento cuando se dio la última señal, muda y concertada de antemano. En ese momento una suave gloria, como la del vellocino del cordero de Dios en una visión mística, atravesó el vaporoso vellocino que pendía en el este y Billy ascendió iluminado de lleno por la luz sonrosada de la aurora.

Para sorpresa de todos, cuando la figura izada llegó al penol, no se apreció otro movimiento en ella que el causado por el lento balanceo del casco con tiempo tranquilo, tan majestuoso en un gran navío equipado con cañones pesados.


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