Billy Budd, marinero
Billy Budd, marinero Quisiera añadir algo que en apariencia corrobora la doctrina de la caÃda del hombre, hoy popularmente ignorada: es posible demostrar que ciertas virtudes prÃstinas y puras que parecen caracterizar a quienes están revestidos del uniforme externo de la civilización, si se observan con atención, parecen no derivarse de la costumbre y las convenciones, y no acaban de encajar con ellas, como si se hubiesen transmitido excepcionalmente de una época anterior a la ciudad de CaÃn y al hombre morador de las ciudades. El carácter señalado por tales cualidades tiene, para un gusto sin viciar, el sabor puro y sin mezcla de las bayas del bosque, mientras que el hombre civilizado, aunque se trate de un buen espécimen de la raza, tiene para ese mismo paladar moral el discutible sabor de una mezcla de vinos. A cualquier heredero de esas cualidades primitivas que aparezca, confuso como Caspar Hauser[9], vagando por cualquier capital cristiana de nuestro tiempo, se le puede aplicar todavÃa la famosa invocación que hizo el poeta hace casi dos mil años al rústico que se hallaba lejos de su casa, en la Roma de los césares:
Pobre y honrado, leal de palabra y pensamiento,
¿qué te trae, Fabio, a la ciudad?[10]