Billy Budd, marinero
Billy Budd, marinero Conciencia de sí mismo parecía tener poca o ninguna, o tanta como pudiera atribuírsele de forma razonable a un perro San Bernardo.
Por lo general, como vivía entre los elementos y apenas conocía de tierra más que alguna playa, o, más bien, esa parte del globo terráqueo providencialmente reservada para salones de baile, burdeles y tabernas, en suma, lo que los marineros llaman un «jardín del Edén», su sencilla naturaleza seguía sin sofisticar por esas oblicuidades no siempre incompatibles con lo que solemos llamar respetabilidad. Pero ¿están exentos de vicios los marineros que frecuentan esos jardines del Edén? No; pero sus supuestos vicios no van tan de la mano de un corazón inicuo como entre la gente de tierra, y parecen proceder no tanto de la maldad como de una vitalidad exuberante largo tiempo reprimida: son francas manifestaciones acordes con la ley natural. Gracias a su constitución natural y a las diversas influencias de su suerte, Billy era en muchos aspectos poco más que una especie de bárbaro, más aún de lo que lo era Adán antes de que la sinuosa serpiente buscara reptando su compañía.