Billy Budd, marinero

Billy Budd, marinero

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IX

A Billy Budd le probaba bien la vida de gaviero. Cuando no estaban ocupados con las vergas sino arriba en la cofa, los gavieros, que habían sido elegidos por su juventud y agilidad, constituían un club aéreo y haraganeaban apoyados en las alas del trinquete a modo de almohada, se contaban historias como dioses ociosos, y a menudo se entretenían con lo que ocurría en el ocupado mundo de las cubiertas de abajo. No es raro que un joven tan dispuesto como Billy disfrutara en esa compañía. Procuraba no molestar a nadie y estaba siempre atento por si le llamaban. Lo mismo había hecho en el mercante, pero ahora era tan puntilloso en el cumplimiento del deber que sus compañeros a veces se burlaban de él. Esa mayor diligencia tenía su explicación en lo mucho que le había impresionado el primer castigo público en el portalón que había presenciado un día después de su alistamiento forzoso. Lo había padecido un individuo menudo, un guardia de popa novato que se había ausentado de su puesto cuando el buque estaba virando; su descuido había comprometido gravemente la maniobra, que requiere mucha rapidez al largar y aferrar. Cuando Billy vio la espalda desnuda del culpable bajo el látigo, convertida en una parrilla de rojos verdugones, y, peor aún, al reparar en la horrible mueca que esbozó cuando lo soltaron y en cómo salió corriendo, con la camisa de lana que le había echado por encima el verdugo, para perderse entre la muchedumbre, el gaviero se quedó horrorizado. Decidió que nunca cometería una negligencia que lo hiciera merecedor de aquel castigo y que nunca haría u omitiría nada que pudiese suponerle siquiera un amonestación verbal. Cuál no sería su sorpresa y preocupación cuando alguna vez se vio metido en un pequeño lío porque el saco no estaba bien estibado o el coy no se hallaba como debía, cuestiones que estaban bajo la vigilancia policíaca de los cabos de escuadra de las cubiertas inferiores y que le acarrearon una vaga amenaza de uno de ellos.


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