Billy Budd, marinero
Billy Budd, marinero ¿Cómo era posible con el cuidado que ponÃa en todo? No acertaba a entenderlo y la idea le atormentaba. Se lo contó a los demás gavieros que o bien se mostraron levemente incrédulos o encontraron cómica su evidente preocupación. «¿Es por tu saco, Billy? —le dijo uno—. Pues métete en él, valiente, y asà estarás seguro de que nadie lo toca».
No obstante, habÃa a bordo un veterano al que la edad le impedÃa dedicarse a según qué trabajos, por lo que acababan de destinarlo a montar guardia en el palo mayor para vigilar el mecanismo amarrado a la borda en torno a esa gran percha cerca de cubierta. El gaviero habÃa charlado a veces con él y ahora se le ocurrió que podrÃa darle algún sabio consejo. Era un viejo danés, que llevaba muchos años al servicio de Inglaterra, de pocas palabras, muchas arrugas y algunas cicatrices honorables. Su rostro marchito, teñido por el tiempo y los elementos como un pergamino antiguo, estaba salpicado de manchas azules por la explosión imprevista de algún cartucho durante el combate.