Billy Budd, marinero
Billy Budd, marinero La primera vez que posó sus ojillos de comadreja sobre Billy Budd, una especie de júbilo macabro puso sus antiguas arrugas en movimiento y esbozó un gesto grotesco. ¿Acaso su sabiduría insensible, primitiva a su manera, vio o creyó ver algo en el marinero bonito que le pareció extrañamente incongruente en un buque de guerra? No obstante, después de observarlo con astucia varias veces, el ambiguo regocijo de aquel viejo Merlín cambió y, a partir de entonces, cada vez que lo veía, su rostro adoptaba una expresión de perplejidad momentánea que en ocasiones se convertía en un gesto de curiosidad respecto a lo que acabaría ocurriéndole a una naturaleza como ésa, inmersa en un mundo plagado de trampas y contra cuyas sutilezas el valor puro, sin experiencia ni habilidad, y sin asomo de instinto defensivo, apenas sirve de nada; y en el que toda la inocencia de la que es capaz el hombre no siempre aguza las facultades o ilumina la voluntad en caso de emergencia moral.