Billy Budd, marinero

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—Sí, pero un conocimiento superficial, útil solo para los fines normales. Pero, para algo más profundo, no estoy seguro de si el conocimiento del mundo y de la naturaleza humana no serán dos ramas distintas del conocimiento, que, aunque puedan coexistir en un mismo corazón, también pueden existir sin tener casi nada que ver la una con la otra. Es más, el roce constante con el mundo embota en las personas normales la agudeza espiritual indispensable para entender lo esencial de ciertos caracteres excepcionales, ya sean buenos o malos. En un asunto de cierta gravedad he visto a un viejo abogado bailar al son que le dictaba una jovencita. Y no era la chochez del amor senil. Nada de eso. Pero el hombre conocía mejor las leyes que el corazón de aquella joven. Coke y Blackstone[31] no han arrojado tanta luz sobre los rincones oscuros del espíritu como los profetas hebreos. Y ¿quiénes eran? En su mayoría unos ermitaños.

En aquella época, mi inexperiencia era tal que no vi adónde quería ir a parar. Tal vez lo veo ahora. Y, de hecho, si el léxico de las Sagradas Escrituras siguiera gozando de popularidad, resultaría más sencillo definir y denominar a ciertos hombres excepcionales. Pero, tal como están las cosas, es preciso recurrir a alguna autoridad que no sea sospechosa de estar teñida del elemento bíblico.


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