Billy Budd, marinero
Billy Budd, marinero Cuando el maestro de armas comprendió de dónde venÃa aquel fluido grasiento que corrÃa ante sus pies, debió de tomárselo —hasta cierto punto con mala fe— no por el accidente que sin duda fue, sino por la taimada expresión de un sentimiento espontáneo por parte de Billy que más o menos se correspondÃa con su propia antipatÃa. De hecho, debió de pensar que era una demostración imprudente e inofensiva, como la inútil coz de un becerro, que de haber sido un caballo herrado no habrÃa sido tan inocente. Aún asà inoculó el vitriolo de su desprecio en la hiel de la envidia que sentÃa Claggart. Además, el incidente le confirmó varios informes chismosos que le habÃa comunicado Chillidos, uno de los cabos más marrulleros, un tipo menudo y canoso, a quien los marineros habÃan puesto ese apodo por la voz estridente y el rostro aguzado con que husmeaba por los rincones más oscuros de las cubiertas inferiores en busca de intrusos, que les recordaban satÃricamente a una rata en una bodega.