Billy Budd, marinero
Billy Budd, marinero Pero volvamos a lo nuestro. Aunque en algunos casos su físico tuviera un no sé qué de Murat náutico cuando se hallaba en tierra firme, el marinero bonito de la época no se parecía en nada a ese demonio de petimetre, gracioso personaje, hoy casi desaparecido, que todavía se encuentra uno de vez en cuando, y en versión aún más simpática que el original, al timón de los barcos del tempestuoso canal de Erie o, más probablemente, soltando bravatas en las tabernas a la orilla del camino de sirga. Siempre habilidoso en su arriesgada vocación, era también un boxeador o luchador pasable. La imagen misma de la fuerza y de la belleza. Circulaban historias sobre sus proezas. En tierra era el campeón; en el mar, el portavoz; siempre el primero cuando la ocasión lo merecía. Si había que tomar rizos en la gavia en plena tormenta, se plantaba en el penol, con un pie en el marchapié a modo de estribo, y tiraba con ambas manos de la empuñidura como de una brida, igual que el joven Alejandro cuando refrenaba al feroz Bucéfalo. Una figura soberbia, lanzada por los cuernos de Tauro al cielo tormentoso, que gritaba alegremente a los afanosos marineros en las vergas.
