Billy Budd, marinero
Billy Budd, marinero Recuerdo un ejemplo muy notable. En Liverpool, hace ahora medio siglo, vi, a la sombra de la tapia mugrienta del Prince’s Dock (un estorbo eliminado hace mucho tiempo), a un marinero tan negro que por fuerza tenía que ser nativo de África y de la sangre de Cam[2], un tipo bien proporcionado y mucho más alto que la media. Los dos extremos de un alegre pañuelo de seda que llevaba suelto al cuello bailaban sobre el ébano de su pecho, dos grandes aros de oro pendían de sus orejas y un gorro de las Tierras Altas con una cinta de cuadros escoceses cubría su bien formada cabeza. Era un caluroso mediodía del mes de julio, y su rostro, lustroso por el sudor, brillaba con bárbaro buen humor. Daba alegres brincos a izquierda y derecha y sus dientes blancos centelleaban mientras corría y se divertía rodeado de sus compañeros de tripulación. Constituían una muestra tan variada de tribus y tonos de piel que Anacharsis Cloots[3] podría haberles hecho desfilar ante la Primera Asamblea Francesa como representantes de la raza humana. Ante cada tributo espontáneo ofrecido por los viandantes a esa negra pagoda de hombre —el tributo de detenerse a mirarle y, menos a menudo, soltar una exclamación— aquel séquito variopinto se enorgullecía como los sacerdotes asirios cuando los fieles se postraban ante la majestuosa estatua de un toro.
