Billy Budd, marinero
Billy Budd, marinero En aquel rincón apartado el desconocido se encontró con Billy Budd. Aún no había salido la luna y una neblina ocultaba las estrellas. Billy no distinguió con claridad el rostro del desconocido. Por su perfil y su porte, dedujo, con acierto, que era un guardia de popa.
—¡Chitón, Billy! —dijo el hombre en el mismo tono cauto y susurrante—. A ti te reclutaron a la fuerza, ¿no? A mí también. —Hizo una pausa para subrayar el efecto de sus palabras. Pero Billy no supo cómo tomárselo y no respondió. El hombre prosiguió—: No somos los únicos, Billy. Hay muchos más. ¿No podrías… ayudar un poco… si la cosa se pone fea?
—¿Qué quieres decir? —preguntó Billy, que al oír aquello terminó de sacudirse el sueño de encima.
—¡Chitón, chitón! —el susurro apresurado se había vuelto ronco—. Mira —y sostuvo ante él dos objetos pequeños que apenas brillaban en la oscuridad—; toma, son tuyas, Billy, solo si…
Pero Billy le interrumpió y, con el resentimiento y el ansia de no verse implicado en aquello, afloró su defecto del habla.