Billy Budd, marinero
Billy Budd, marinero —Maldición. ¡No sé qué es lo que qui-quieres, ni qué es lo que estás di-di-diciendo, pero será me-mejor que te vayas por donde has ve-ve-venido! —Al principio, el hombre, confundido, no se movió; y Billy se puso en pie y dijo—: Si no te lar-lar-largas ahora mismo, ¡te ti-ti-tiro por la borda! —La respuesta no podÃa ser más clara y el misterioso emisario se marchó y desapareció en dirección al palo mayor a la sombra de los botalones.
—¡Eh! ¿Qué pasa? —preguntó con un gruñido uno de los hombres del castillo de proa al que habÃa despertado Billy al alzar la voz. Y, cuando el gaviero asomó y el otro le reconoció, añadió—: ¡Ah!, eres tú, guapo. Bueno, algo debÃa pasar porque estabas tar-tar-tartajeando.
—¡Oh! —respondió Billy, que habÃa logrado dominar su defecto—, he encontrado a un guardia de popa en esta parte del barco y le he dicho que se volviese por donde habÃa venido.
—¿Solo eso, gaviero? —preguntó con hosquedad el hombre, un viejo irascible de rostro y cabello rojizos conocido en el castillo de proa por el mote de Guindilla—. A esos fisgones los casarÃa yo con la hija del artillero —añadió con una expresión que significaba que le gustarÃa someterlos a un castigo disciplinario atados a un cañón.