Billy Budd, marinero

Billy Budd, marinero

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Y lo mismo le ocurrió con otro asunto. Dos suboficiales, el armero y el bodeguero, con quienes jamás había cruzado palabra, pues por las funciones de su puesto apenas tenía relación con ellos, empezaron a mirar a Billy, cuando por casualidad se cruzaban con él, con esa mirada peculiar que deja bien claro que el hombre de quien procede ha sido advertido de algún modo y que está cargada de prejuicios contra la persona sobre la que recae. Billy no notó ni sospechó nada, aunque sabía de sobra que el armero y el bodeguero, junto con el pañolero, el boticario y otros de su rango, compartían, según la costumbre marinera, el rancho con el maestro de armas, por lo que era probable que prestasen oídos a sus confidencias.

Pero la popularidad general de nuestro marinero bonito, que emanaba de un descaro viril apropiado para cada ocasión y de un irresistible buen natural que no era indicio de ninguna superioridad intelectual que pudiese despertar sentimientos odiosos, así como la buena voluntad de la mayoría de sus camaradas contribuyeron a que no prestara atención a esos detalles mudos a los que acabamos de aludir y cuya importancia era incapaz de sondear.




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