Moby Dick. Version ilustrada

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Ahora bien, a veces, en el Mar del Japón, los días de verano son como aluviones de refulgencias. El vivo sol japonés que no parpadea parece el abrasador foco de la inconmensurable lente de aumento del vidrioso océano. El cielo semeja estar lacado; no hay nubes; el horizonte flota; y esta desnudez de inmitigado resplandor es como los insufribles esplendores del trono de Dios. Afortunadamente, el cuadrante de Ajab estaba dotado de cristales coloreados a través de los que tomar la observación de ese fuego solar. Así, balanceando su figura sentada al tumbo del barco, y con el instrumento de astrológica apariencia colocado en su ojo, durante unos momentos permaneció en esa postura para captar el preciso instante en el que el sol alcanzara su exacto meridiano. Entretanto, mientras toda su atención estaba absorta, el parsi permanecía arrodillado bajo él en la cubierta del barco y, con rostro alzado como el de Ajab, observaba junto a él ese mismo sol; únicamente que los párpados de sus ojos medio encapotaban las órbitas, y su salvaje rostro estaba contenido en una terrenal impasibilidad. Finalmente la deseada observación fue tomada; y con el lápiz sobre su pierna de marfil, Ajab pronto calculó cuál debía ser su latitud en ese preciso instante. Cayendo entonces en una momentánea ensoñación, volvió a mirar arriba, hacia el sol, y murmuró para sí:



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