Moby Dick. Version ilustrada

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Sujetándose a un obenque, Starbuck permanecía en la toldilla; miraba a lo alto con cada destello del relámpago para observar qué desastre adicional pudiera haberle sucedido a aquella intrincada maraña; entretanto, Stubb y Flask dirigían a los hombres en la tarea de elevar más las lanchas y reafirmarlas. Mas todos sus esfuerzos parecían inútiles. Aun izada hasta la parte más alta de los pescantes, la lancha de popa de barlovento (la de Ajab) no se salvó. Una enorme ola, golpeando en lo alto de la trémula amurada del zarandeado barco, desfondó la lancha por la popa y la dejó soltando agua como un cedazo.

—¡Mal asunto, mal asunto, señor Starbuck —dijo Stubb, observando el destrozado casco—, pero la mar ha de hacer su voluntad! Stubb, al menos, no puede impedirlo. Ya ve, señor Starbuck, una ola toma tan largo impulso antes de romper… alrededor del mundo entero se impulsa, y ¡entonces llega la sacudida! Mientras que, en lo que a mí atañe, todo el impulso que puedo tomar para oponerla sólo es el del ancho de aquí la cubierta. Aunque no importa; todo es parte de la fiesta, como dice la vieja canción (canta):

¡Oh! La galerna es amena,

es bromista la ballena

con su cola al agitar…

¡Qué prójimo tan jocoso, amistoso, veleidoso, escandaloso, ocurrente, engañoso


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