Moby Dick. Version ilustrada

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—No estoy seguro de eso, Stubb. A ti a veces te cuesta mucho.

—Sí, cuando uno está empapado resulta difícil ser razonable, eso es así. Y yo estoy completamente calado con estas rociadas. No importa; coge la vuelta, y pásala. Me da a mí que estamos amarrando estas anclas como si nunca fueran a volver a ser usadas. Atar aquí estas dos anclas, Flask, parece como si ataras las manos de un hombre a su espalda. Y qué manos grandes y generosas son, sin duda. Éstos son puños de hierro, ¿eh? ¡Qué agarre tienen, además! Me pregunto, Flask, si el mundo está anclado en alguna parte; si lo está, bornea, no obstante, con un cable inusualmente largo. Ahí, aprieta ese nudo, y hemos acabado. Así; exceptuando tocar tierra, lo más placentero son los rayos en cubierta. Digo, escurre un poco los faldones de mi chaqueta, ¿quieres? Gracias. Se burlan mucho de las prendas largas, Flask; pero a mí me parece que en toda tormenta en el mar hay que llevar una levita de largos faldones. Los faldones, al estrecharse de esa forma, sirven para llevarse el agua, ¿no ves? Lo mismo pasa con los tricornios; los tricornios forman canalón de tejado, Flask. No más cazadoras y gorros de hule para mí; he de calzarme un frac, y plantarme un sombrero de copa: sea. ¡Hola!, ¡pfiú!, ahí va mi gorro de hule por la borda. ¡Señor, Señor, que los vientos que vienen del Cielo tengan tan pocos modales! Una noche inmunda, ésta, amigo.


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