Moby Dick. Version ilustrada

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CAPÍTULO CXXIV LA AGUJA

124. La aguja

A la mañana siguiente el aún no calmado mar ondeaba en largas y lentas olas de corpulenta mole que, rivalizando en el burbujeante rastro del Pequod, le impulsaban como gigantescas palmas desplegadas. El robusto y perseverante viento era tan abundante, que aire y cielo parecían enormes velas sobreinfladas; el mundo entero navegaba a toda vela con viento de popa. Guarecido en la luz plena de la mañana, el invisible sol se reconocía únicamente por la dilatada intensidad de su posición; en la cual sus rayos de bayoneta se movían en haces. Blasones, como de reyes y reinas de Babilonia, regían por encima de todas las cosas. El mar era como un crisol de oro fundido que, burbujeante, bullera de luz y de calor.

Ajab permanecía aparte, hacía tiempo que observaba un hechizado silencio; y cada vez que el sarpullente barco abatía declinando su bauprés se volvía a mirar los brillantes rayos de sol que iluminaban avante; y cuando se asentaba profundamente en la popa, se volvía atrás y veía la posición del sol a retaguardia, y cómo los mismos rayos amarillos se mezclaban con su indesviable estela.


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