Moby Dick. Version ilustrada
Moby Dick. Version ilustrada En pie deliberadamente ante la bitácora, y observando los transorientados compases, el viejo tomó ahora con el canto de su mano extendida la demora precisa del sol, y comprobado a satisfacción que las agujas estaban exactamente invertidas, voceó sus órdenes para que el curso del barco se modificara de manera acorde. Las vergas se bracearon a ceñir, y una vez más el Pequod lanzó su impertérrita proa hacia el viento opuesto, pues el supuestamente favorable sólo había estado haciendo malabares con él.
Entretanto, fueran cuales fuesen sus propios ocultos pensamientos, Starbuck no decía nada, sino que mansamente emitía todas las órdenes necesarias; al tiempo que Stubb y Flask —que en algún pequeño grado parecían entonces estar compartiendo sus sentimientos— consentían de igual manera sin murmurar. En cuanto a los hombres, aunque algunos de ellos rezongaban en voz baja, su temor a Ajab era mayor que su temor al destino. Y, como siempre antes, los paganos arponeros permanecían prácticamente impertérritos; o, si acaso afectados, sólo lo estaban por un cierto magnetismo lanzado a sus congeniales corazones por el del inflexible Ajab.
Durante un intervalo el viejo paseó la cubierta en ondulantes ensimismamientos. Mas al resbalar casualmente con su talón de marfil, vio las destrozadas miras de cobre del cuadrante que el día anterior había aplastado contra la cubierta.