Moby Dick. Version ilustrada
Moby Dick. Version ilustrada —Sí, señor; yo amañé aquí esto como ataúd para Queequeg; pero me han puesto ahora a convertirlo en otra cosa.
—Decidme, entonces: ¿sois, acaso, un redomado acaparador, entrometido, monopolizador, viejo pillo pagano, que un día hacéis piernas y al día siguiente ataúdes para encerrarlas, y aún de nuevo salvavidas de esos mismos ataúdes? Carecéis de principios tanto como los dioses, y sois tan chapucero como ellos.
—Yo no tengo intención alguna, señor. Hago lo que hago.
—Los dioses otra vez. Escuchad, ¿no cantáis nunca cuando trabajáis en un ataúd? Los titanes, dicen, tarareaban fragmentos cuando afilaban los cráteres de los volcanes; y el sepulturero del drama canta con la pala en la mano. ¿No lo hacéis vos nunca?
—¿Cantar, señor? ¿Que si canto yo? Oh, soy bastante indiferente en ese aspecto, señor; aunque la razón por la que el sepulturero hacía música debió de ser porque no había ninguna en su pala, señor. Mas la maza de calafatear está llena de ella. Escuchadla.