Moby Dick. Version ilustrada
Moby Dick. Version ilustrada En la proa del barco, casi todos los marineros permanecían ahora inactivos; martillos, pedazos de tablas, lanzas y arpones mecánicamente retenidos en sus manos, en la misma postura en la que se habían alejado de sus distintas tareas; todos sus hechizados ojos absortos en la ballena, que agitando extrañamente de lado a lado su predestinadora cabeza, levantaba al impulsarse una amplia franja semicircular de rebosante espuma ante sí. Represalia, urgente venganza, maldad eterna había en su aspecto, y a pesar de todo lo que el hombre mortal pudiera hacer, el sólido contrafuerte blanco de su frente golpeó la amura de estribor del barco, hasta que los hombres y las maderas cedieron. Algunos cayeron al suelo de cara. Como galletas sueltas, las cabezas de los arponeros se sacudieron en lo alto sobre sus cuellos de toro. A través del boquete escucharon verter las aguas, como torrentes de montaña cayendo en un barranco.
—¡El barco! ¡El coche fúnebre!… ¡el segundo coche fúnebre! —gritó Ajab desde la lancha—; ¡su madera sólo podía ser americana!
Buceando bajo el barco que se iba hundiendo, la ballena pasó haciendo temblar su quilla a lo largo; y revolviéndose bajo el agua, rápidamente surgió de nuevo a la superficie, lejos de la otra amura, pero a pocas yardas de la lancha de Ajab, donde permaneció inactiva durante un tiempo.