Moby Dick. Version ilustrada
Moby Dick. Version ilustrada Una de las principales razones por las que el mundo declina honrarnos a nosotros, los balleneros, es sin duda, ésta: piensan que en el mejor de los casos nuestra vocación equivale a una empresa de índole carnicera; y que, al estar activamente ocupados en ella, estamos rodeados de todo tipo de desperdicios. Carniceros lo somos, es verdad. Pero carniceros también, y carniceros del más sanguinario rango, han sido todos los comandantes marciales que el mundo invariablemente se complace en honrar. Y por lo que respecta a la supuesta suciedad de nuestra empresa, pronto seréis iniciados en ciertos asuntos, hasta ahora comúnmente bastante desconocidos, y que, en el cómputo general, situarán de manera triunfante al barco ballenero del cachalote, como poco, entre los lugares más limpios de esta pulcra tierra. Aunque admitiendo incluso que la acusación en cuestión fuera cierta, ¿qué desordenadas y resbaladizas cubiertas de barco ballenero son comparables a la inenarrable carroña de esos campos de batalla de los que tantos soldados regresan a beber en aplauso de todas las damas? Y si la idea del peligro tanto incrementa la popular vanagloria de la profesión de soldado, dejadme que os asegure que muchos de los veteranos que voluntariamente han marchado contra una batería retrocederían con presteza ante la aparición de la inmensa cola del cachalote abanicando en torbellinos el aire sobre su cabeza. ¡Pues qué son los comprensibles terrores del hombre, comparados con los entrelazados terrores y portentos de Dios!