Moby Dick. Version ilustrada

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Mas aunque el mundo nos repudia a nosotros, cazadores de ballenas, nos rinde, sin embargo, inintencionadamente, el más profundo de los homenajes; sí, ¡una sobreabundante adoración!, pues casi todas las candelas, lámparas y velas que arden alrededor del mundo, ¡arden como ante tantos santuarios a nuestra gloria!

Observad, si no, este asunto bajo otras luces; sopesadlo en todo tipo de balanzas; examinad qué es lo que son los balleneros, y qué es lo que han sido.

¿Por qué los holandeses, en tiempos de De Witt, tenían almirantes en sus flotas balleneras? ¿Por qué Luis XVI de Francia, de su propio peculio, aparejó barcos balleneros de Dunkerke, y amablemente invitó a esa ciudad a uno o dos puñados de familias de nuestra propia isla de Nantucket? ¿Por qué Gran Bretaña, entre los años 1750 y 1788, pagó en gratificaciones a sus balleneros por encima del millón de libras esterlinas? Y finalmente, ¿cómo es que nosotros, balleneros de América, superamos ahora en número a todo el resto de los balleneros del mundo unidos? Navegamos una flota por encima de las setecientas naves tripuladas por dieciocho mil hombres, que consumen anualmente 4.000.000 de dólares, $20.000.000 el valor de los barcos en el momento de zarpar; y cada año importamos a nuestros puertos una bien recolectada cosecha de $7.000.000. ¿Cómo es que todo esto se da, si no hubiera algo vigoroso en la pesca de la ballena?


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