Moby Dick. Version ilustrada

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Ahora bien, ya que la tarea de ocupar los topes, tanto en tierra como en la mar, es muy antigua e interesante, explayémonos aquí en cierta medida. Tengo entendido que los primeros en subir a los topes fueron los antiguos egipcios, por cuanto en todos mis estudios no encuentro nadie anterior a ellos. Pues aunque sus progenitores, los constructores de Babel, sin duda debieron intentar construir con su torre el tope más elevado de toda Asia, o de África, si no; aun así, ya que se puede decir que (antes de que se le colocara la galleta final) aquel gran mástil de piedra se fue por la borda en la temible tormenta de la ira de Dios, no es posible, por consiguiente, dar a estos constructores de Babel prioridad sobre los egipcios. Y que los egipcios fueron una nación de ocupantes de topes es una afirmación basada en la creencia, común entre los arqueólogos, de que las pirámides fueron erigidas con propósitos astronómicos: una teoría singularmente refrendada por la peculiar estructura escalonada de los cuatro lados de estos edificios; mediante la cual, con prodigiosas zancadas de sus piernas, aquellos antiguos astrónomos tenían por costumbre subir hasta el ápice y cantar las nuevas estrellas, lo mismo que los vigías de un barco moderno cantan una vela o una ballena al momento de aparecer. En san Estilita, el famoso ermitaño cristiano de los tiempos antiguos, que se construyó un elevado pilar de piedra en el desierto y pasó toda la última parte de su vida en su cima, subiendo su comida desde el suelo mediante un aparejo, en él tenemos un notable ejemplo de indomable ocupante de tope, que no se dejó apartar de su lugar ni por nieblas, ni por heladas, ni por lluvia, ni por pedrisco, ni por granizo; sino que, afrontándolo todo con valentía hasta el final, murió literalmente en su puesto. De modernos ocupantes de topes sólo poseemos un conjunto inanimado; simples hombres de piedra, de hierro y de bronce, que aunque muy capaces de afrontar una tempestad, son, sin embargo, absolutamente incompetentes en la tarea de cantar la alerta al descubrir una visión anómala. Ahí está Napoleón, que, desde lo alto de la columna Vendome, se yergue con brazos cruzados, a unos ciento cincuenta pies en el aire; despreocupado ya de quién gobierna abajo en las cubiertas, sea Louis Philippe, Louis Blanc o Louis el Diablo. El gran Washington, también, se yergue en lo alto en su monumental palo mayor en Baltimore y, como uno de los pilares de Hércules, su columna señala ese punto de grandeza humana que pocos mortales pueden sobrepasar. El almirante Nelson, igualmente, sobre un cabrestante de metal de cañón, se yergue en su tope de Trafalgar Square; y aun cuando enormemente oscurecido por ese humo de Londres, allí, no obstante, se puede ver que hay un héroe oculto; pues donde hay humo debe haber fuego. Pero ni el gran Washington, ni Napoleón, ni Nelson contestarán a un solo saludo desde abajo, por muy desesperadamente invocados que sean a amparar con sus consejos las confusas cubiertas sobre las que presiden; puede suponerse, no obstante, que sus espíritus penetran a través de la espesa calima del futuro, y que detectan qué bajíos y qué escollos han de ser eludidos.


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