Moby Dick. Version ilustrada
Moby Dick. Version ilustrada El relato de su innegable delirio en el mar fue, de igual manera, adscrito a análoga causa por la gente. Y lo mismo, también, todas las pesadumbres añadidas que siempre después, hasta el mismo día de zarpar en el Pequod en la presente expedición, anidaron en su frente. Y no resulta tan inverosímil que lejos de desconfiar de su capacidad para otra expedición ballenera, habida cuenta de tales lúgubres síntomas, las calculadoras gentes de esa prudente isla se inclinaran a abrigar la idea de que por esas mismas razones estaba mejor cualificado y preparado para una actividad tan llena de rabia y fiereza como la sangrienta caza de la ballena. Roído por dentro y chamuscado por fuera, con las implacables garras de una incurable idea incrustadas, un individuo así, si es que se pudiera encontrar, resultaría el hombre apropiado para lanzar su hierro y alzar su lanza contra la más aterradora de las bestias. O, si considerado por cualquier razón corporalmente incapacitado para ello, aun así, tal individuo resultaría extraordinariamente competente para animar y azuzar a sus subordinados al ataque. Mas sea todo esto como fuere, lo cierto es que con el enajenado secreto de su incólume rabia encerrado bajo llave en él, Ajab se había embarcado deliberadamente en la presente expedición con el único y omnímodo propósito de dar caza a la ballena blanca. Si alguno de sus viejos conocidos en tierra hubiera siquiera medio soñado lo que entonces se ocultaba en él, ¡con qué prontitud sus horrorizadas e íntegras almas habrían arrancado el barco a un hombre tan diabólico! Ellos estaban interesados en rentables travesías, los beneficios a saldar en dólares contantes y sonantes. Él estaba resuelto a una audaz, implacable y sobrenatural venganza.