Moby Dick. Version ilustrada

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La saltarina agua blanca generada por el acoso se hacía ahora cada vez más visible debido a la oscuridad creciente de las pardas sombras de las nubes que caían sobre el mar. Los chorros de vapor ya no se mezclaban, sino que se inclinaban por todas partes a derecha e izquierda; las ballenas parecían estar separando sus estelas. Las lanchas bogaron más distantes entre sí; Starbuck dando caza a tres ballenas que avanzaban exactamente hacia sotavento. Nuestra vela estaba ahora izada y, con el viento aún levantándose, aceleramos con él, marchando la lancha con tal delirio sobre el agua, que los remos de sotavento apenas podían manejarse con rapidez suficiente para evitar que fueran arrancados de los toletes.

Pronto estuvimos desplazándonos a través de un ancho velo de envolvente neblina; ni barco ni lancha podían verse.

—Avante, tripulantes —susurró Starbuck, estirando todavía más a popa la lona de la vela—; todavía hay tiempo de matar un pez antes de que llegue la borrasca. ¡Otra vez hay agua blanca!… ¡ceñido! ¡Brincad!

Poco después, dos gritos en rápida sucesión a cada lado de nosotros indicaron que las otras lanchas habían hecho presa; pero apenas acababan de escucharse, cuando con un súbito susurro, como un relámpago, Starbuck dijo:

—¡En pie!


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