Moby Dick. Version ilustrada

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Y Queequeg, arpón en mano, se incorporó.

Aunque ninguno de los remeros estaba entonces situado de frente al peligro de muerte, tan cercano a ellos, sin embargo, por delante, sabían, al tener sus ojos en el intenso semblante del oficial a popa de la lancha, que había llegado el instante inminente; escuchaban también un enorme retumbo rodante, como de cincuenta elefantes desperezándose en sus lechos. Entretanto, la lancha todavía estaba desplazándose con presteza entre la neblina, las olas rizándose y silbando a nuestro alrededor como las erguidas crestas de enrabietadas serpientes.

—Ésa es su joroba. Ahí, ahí, ¡lánzaselo! —susurró Starbuck.

Un sonido breve y célere saltó de la lancha; era el hierro de Queequeg lanzado. Entonces, todo en amalgamada conmoción, vino un tirón invisible de popa, mientras a proa la lancha parecía golpear en un arrecife; la vela quedó muerta y restalló; un borbotón de escaldante vapor brotó cerca; y algo volteó y volcó como un terremoto bajo nosotros. Toda la tripulación quedó medio sofocada mientras se bamboleaba caóticamente en la coagulante crema blanca de la borrasca. Borrasca, ballena y hierro habíanse mezclado todos, y la ballena, apenas rozada por el arpón, había escapado.


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