Moby Dick. Version ilustrada

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Durante toda esta negrura de los elementos, Ajab, aunque asumiendo por el momento el mando casi continuo de la empapada y peligrosa cubierta, manifestó la más sombría de las reservas; y se dirigió a sus oficiales con menor asiduidad que nunca. En tiempos tempestuosos como éstos, una vez que todo ha sido asegurado en la arboladura, no se puede hacer nada, sino esperar pasivamente el desenlace de la galerna. En esos momentos, capitán y tripulación se convierten en auténticos fatalistas. Y así, con su pierna de marfil insertada en su acostumbrada cavidad, y con una mano agarrando firmemente un obenque, gustaba Ajab estar durante horas y horas oteando ciegamente a barlovento, mientras que una ocasional borrasca de nieve o aguanieve a punto estaba de congelarle juntas las propias pestañas. Entre tanto, la tripulación, ahuyentada de la parte anterior del barco por la peligrosa mar que, restallante, rompía sobre su proa, permanecía en fila en el combés a lo largo de las amuradas; y, para protegerse mejor de las olas que saltaban, cada hombre se había deslizado en una especie de bolina asegurada a la regala, en la que oscilaba como en un cinturón suelto. Pocas o ninguna palabra se decían; y el silencioso barco, como manejado por pintados marineros de cera, avanzaba día tras día rasgando la entera vertiginosa locura y gozo de las demoníacas olas. Por la noche prevalecía el mismo mutismo de humanidad ante los chirridos del océano; en silencio todavía, los hombres se balanceaban en las bolinas; todavía el mudo Ajab arrostraba el vendaval. Incluso cuando la agotada naturaleza parecía demandar reposo, él no buscaba ese reposo en su coy. Nunca podría Starbuck olvidar el aspecto del viejo cuando una noche, al bajar a su cabina para anotar cómo estaba el barómetro, le vio, con los ojos cerrados, sentado erguido en su silla atornillada al suelo; medio fundidos la lluvia y el aguanieve de la tormenta, de la que algún tiempo antes había emergido; todavía lentamente goteando del sombrero y del capote sin quitar. En la mesa, a su lado, había extendida una de esas cartas de mareas y corrientes de las que previamente se ha hablado. Su linterna oscilaba de su mano fuertemente cerrada. Aunque el cuerpo estaba erguido, la cabeza estaba echada hacia atrás, de manera que los ojos cerrados apuntaban hacia la aguja del chivato que colgaba de una viga en el techo[70].


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