Moby Dick. Version ilustrada

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Una vez que hubo transcurrido el intervalo completo de su inmersión, la ballena volvió a emerger, y estando ahora delante de la lancha del fumador, y más cercana a ella que de cualquiera de las otras, Stubb contó con el honor de la captura. Era obvio que la ballena finalmente había percibido a sus perseguidores. Todo silencio de cautela era, por tanto, inútil. Se soltaron las palas, y los remos entraron en acción. Y, todavía fumando su pipa, Stubb animó a su tripulación al asalto.

Sí, un enorme cambio se había producido en el pez. Alerta enteramente del peligro, marchaba «cabeza por delante»; proyectando oblicuamente esa parte de su anatomía por encima de la caótica efervescencia que hacía[81].

—¡Largadla, largadla, tripulantes míos! No os apresuréis; tomaos tiempo en abundancia… pero largadla; largadla como truenos, eso es todo —gritó Stubb, escupiendo el humo mientras hablaba—. Largadla ahora; Tashtego, dales el golpe largo y fuerte. Lárgala, Tash, muchacho… largadla, todos; pero mantened la calma, mantened la calma… tan frescos es la expresión… tranquilos, tranquilos… limitaos a largarla como la muerte desolada y los sonrientes demonios, y sacad perpendicularmente de sus tumbas a los muertos enterrados, muchachos… eso es todo. ¡Largadla!


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