Moby Dick. Version ilustrada

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Allí estuve tumbado, calculando míseramente que habían de pasar dieciséis horas completas antes de que pudiera esperar una resurrección. ¡Dieciséis horas en cama! Los riñones me dolían de pensarlo. Y había, además, tanta luz… el sol brillando en la ventana, y un fuerte traqueteo de carruajes en las calles, y el sonido de alegres voces por toda la casa. Cada vez me sentía peor… Al final me levanté, me vestí, y bajando suavemente con los pies enfundados en calcetines, busqué a mi madrastra y me lancé súbitamente a los suyos, implorándola como favor especial que me diera una buena tunda de zapatillazos por mi mal comportamiento; cualquier cosa, cualquiera, excepto condenarme a estar en la cama durante un plazo de tiempo tan insoportable. Pero ella era la mejor y la más concienzuda de las madrastras, y de vuelta tuve que irme a la habitación. Durante varias horas estuve allí tumbado, enteramente despierto, sintiéndome mucho peor de lo que nunca me he sentido desde entonces, incluso ante las más grandes adversidades posteriores. Finalmente debí de haber caído en una modorra de atribulada pesadilla; y despertándome de ella —medio embebido en sueños— abrí los ojos, y la habitación, antes iluminada de sol, estaba ahora envuelta en completa oscuridad. Instantáneamente sentí una sacudida que recorrió todo mi cuerpo; nada podía verse, y nada podía oírse, pero una mano sobrenatural parecía estar puesta sobre la mía. El brazo lo tenía por fuera del cubrecama, y la innominada e inimaginable forma silente o fantasma a la que pertenecía la mano parecía estar sentada cerca, junto a mi cama. Durante lo que parecieron siglos y más siglos, allí estuve tumbado, congelado por el más tremendo de los miedos, no atreviéndome a retirar la mano; siempre, sin embargo, pensando que sólo con que pudiera moverla una única pulgada, el hórrido embrujo se rompería. No supe cómo esta conciencia finalmente se esfumó de mí; pero al despertarme por la mañana recordé todo con un escalofrío, y durante días y semanas y meses después me perdí en confusos intentos de explicar el misterio. De hecho, incluso hasta este mismo momento a veces me asombro de aquello.


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