Moby Dick. Version ilustrada

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Ahora bien, retirad el tremendo miedo, y mis sensaciones al sentir la sobrenatural mano sobre la mía fueron muy similares, en su rareza, a las que experimenté al levantarme y ver el pagano brazo de Queequeg rodeándome. Pero al final todos los acontecimientos de la noche pasada, uno por uno, volvieron a presentarse sobriamente en firme realidad, y entonces quedé únicamente sujeto al cómico trance. Pues a pesar de que yo trataba de mover su brazo —deshacer su abrazo de novio—, sin embargo, durmiendo cual estaba, incluso así me estrechaba con fuerza, como si nada, salvo la muerte, pudiera separarnos. Intenté ahora despertarle —«¡Queequeg!»—, pero su única respuesta fue un ronquido. Entonces me di la vuelta; mi cuello parecía llevar una collera y de pronto sentí un leve arañazo. Al retirar el cubrecama, allí estaba el tomahawk, durmiendo al lado del salvaje como si fuera un bebé con cara de hacha. Un buen aprieto, en verdad, pensé; ¡aquí en la cama en una casa extraña, en pleno día, con un caníbal y un tomahawk! —«¡Queequeg!… En nombre de lo que más quieras, ¡Queequeg, despierta!»— Al final, a base de mucho serpentear, e incesantes interpelaciones en voz alta sobre lo inapropiado de que abrazara a un compañero varón con ese estilo de tipo matrimonial, logré extraer un gruñido; y en un instante retiró su brazo, se sacudió todo él como un perro Terranova que acabara de salir del agua y se sentó en la cama, tieso como el astil de una pica, mirándome y frotándose los ojos, como si no se acordara bien de cómo había llegado yo a estar allí, aunque una tenue conciencia de saber algo sobre mí parecía ir surgiendo lentamente en él. Mientras tanto, yo me quedé mirándole tranquilamente, ya sin albergar serios temores, e inclinado a observar de cerca a una criatura tan curiosa. Cuando finalmente su mente pareció haber llegado a una conclusión respecto a la naturaleza de su compañero de cama, y supuestamente se reconcilió con el hecho; saltó al suelo, y mediante ciertos signos y sonidos me dio a entender que, si me parecía bien, él se vestiría primero y me dejaría a mí vestirme después, con todo el alojamiento para mí. Pensé yo: Queequeg, dadas las circunstancias, éste es un inicio muy civilizado; la verdad es que, decid lo que queráis, pero estos salvajes tienen un sentido innato de la delicadeza; es maravilloso lo esencialmente correctos que son. Le hago este cumplido a Queequeg porque mientras que él me trató con semejante gentileza y consideración, yo fui culpable de gran grosería, mirándole desde la cama y observando todos sus movimientos de aseo; mi curiosidad, por el momento, sobreponiéndose a mi educación. No obstante, no todos los días se ve a un hombre como Queequeg; tanto él como su forma de comportarse eran muy merecedores de singular observación.


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