Moby Dick
Moby Dick —Bueno, bueno; basta ya. Vuestra retraída voz suena demasiado calmada y sanamente desconsolada para mí. No estando yo mismo en un paraíso, me impacienta en otros cualquier miseria que no sea demente. Debéis enloquecer, herrero; decid, ¿por qué no enloquecéis? ¿Cómo podéis aguantar sin estar loco? ¿Os odian tanto los Cielos, que no podéis enloquecer?… ¿Qué estabais haciendo ahí?
—Soldando una vieja punta de pica, señor; había arañazos y mellas en ella.
—¿Y podéis dejarla enteramente lisa de nuevo, herrero, tras empleo tan duro como el que tuvo?
—Creo que sí, señor.
—¿Y supongo, herrero, que podéis alisar casi cualquier arañazo y mella, sin importar lo recio que sea el metal?
—Sí, señor, creo que puedo; todos los arañazos y mellas, salvo uno.
—Observad aquí, entonces —gritó Ajab, avanzando apasionadamente y apoyándose con ambas manos en los hombros de Perth—; observad aquí… aquí… ¿podéis alisar un arañazo como éste, herrero? —pasando una mano a través de su estriada frente—; si pudierais, herrero, con satisfacción apoyaría mi cabeza sobre vuestro yunque, y sentiría vuestro más pesado martillo entre mis ojos. ¡Responded! ¿Podéis alisar este arañazo?