Moby Dick
Moby Dick —¡Ah!, ¡ése, señor! ¿No dije todos los arañazos, salvo uno?
—SÃ, herrero, éste es; sÃ, marinero, es inalisable; pues aunque vos sólo lo veis aquà en mi carne, se ha introducido en el hueso de mi cráneo… ¡Éste es todo arrugas! Mas dejemos los juegos de niños; no más garfios y picas por hoy. ¡Observad! —haciendo sonar la bolsa de cuero como si estuviera llena de monedas de oro—. También yo deseo que se me haga un arpón; uno que una yunta de mil belcebúes no pueda partir, Perth; algo que se sujete en una ballena como su propio hueso de aleta. Ahà está el material —echando de golpe la bolsa sobre el yunque—. Observad, herrero, los clavos reunidos de las herraduras de caballos de carrera.
—¿Clavos de herradura, señor? Caramba, capitán, tenéis, entonces, aquà el mejor material y el más fuerte que los herreros trabajamos.
—Lo sé, viejo amigo; estos clavos se fundirán entre sà como cola de huesos derretidos de asesinos. ¡Pronto, forjadme el arpón! Y forjadme antes doce barras para su vástago; luego, doblad, y retorced, y martillead esas doce barras juntas, como las filásticas y las hebras de una estacha. ¡Pronto! Yo avivaré el fuego.
Cuando finalmente estuvieron hechas las doce barras, Ajab las probó una por una, haciéndolas girar con su propia mano alrededor de un pesado perno de hierro.
—¡Un defecto! —rechazando la última—. Volved a trabajar ésa, Perth.