Moby Dick
Moby Dick Hecho lo cual, iba Perth a comenzar a fundir las doce en una, cuando Ajab detuvo su mano, y dijo que él se soldarÃa su propio hierro. Entonces, cuando con jadeantes carraspeos regulares martilleaba en el yunque, pasándole Perth las resplandecientes barras una tras otra, y cuando la con fuerza avivada forja lanzaba su intensa llama recta, el parsi pasó silenciosamente, e inclinando su cabeza hacia el fuego, pareció conjurar alguna maldición o bendición hacia el trabajo. Mas, al alzar Ajab la vista, se apartó.
—¿Para qué se emboscan allà ese montón de luciferes? —murmuró Stubb, mirando desde el castillo—. Ese parsi huele el fuego como un fósforo; y él mismo huele a fuego como la cazoleta de la pólvora de un mosquete caliente.
Finalmente, el vástago, en una barra Ãntegra, recibió su calor final; y cuando, para templarlo, lo sumergió silbando en un cercano tonel de agua, el escaldante vapor saltó al rostro inclinado de Ajab.
—¿Queréis señalarme, Perth? —estremeciéndose un instante con el dolor—; ¿acaso sólo he estado forjando mi propio hierro de marcar?
—Por Dios, no es eso; no obstante, algo temo, capitán Ajab: ¿no es este arpón para la ballena blanca?
—¡Para el maligno blanco! Mas, ahora, a los ganchos; debéis hacerlos vos mismo, amigo. Aquà están mis navajas de afeitar… el mejor acero: aquÃ; y haced los ganchos afilados como los carámbanos del mar de hielo.