Moby Dick

Moby Dick

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Era un hombre viejo que, a la edad de casi sesenta años, se había encontrado postergadamente con esa cosa que en los tecnicismos de la desventura se llama ruina. Había sido un artesano de afamada excelencia, y con mucha carga de trabajo; poseía una casa y un huerto; abrazaba a una juvenil y cariñosa esposa, que parecía una hija, y a tres risueños y rudos niños; cada domingo iba a una iglesia de alegre aspecto situada en una arboleda. Mas una noche, al abrigo de la oscuridad, y oculto además en un disfraz muy taimado, un ladrón sin escrúpulos se coló en su feliz hogar y les robó todo. Y, más negro aún de decir, el propio herrero condujo a este ladrón al corazón de su familia. ¡Fue el diablo de la botella![142]. En la apertura de ese fatal corcho salió suelto el maligno y consumió su hogar. Ahora bien, por muy sabias razones económicas y de prudencia, el taller del herrero estaba en el sótano de su vivienda, y con una entrada aparte; de manera que la lozana, joven y cariñosa esposa siempre había escuchado con nerviosismo no carente de felicidad, y con brioso gozo, el fornido resonar del martillo de su viejo marido de joven brazo; cuyas reverberaciones, sofocadas al pasar a través de los suelos y las paredes, llegaban hasta ella, no sin dulzura en el cuarto de los niños; y, así, los infantes del herrero eran acunados a dormir por la robusta canción de cuna del trabajo del hierro.


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