Moby Dick

Moby Dick

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La muerte parece la única secuela deseable para una carrera como ésta; pero la muerte sólo consiste en arrojarse a la región de lo extraño inexperimentado; sólo es el primer saludo a las posibilidades de la inmensidad de lo remoto, lo salvaje, lo acuoso, lo carente de orillas; por lo tanto, para los ojos anhelantes de muerte de los hombres a los que todavía les quedan ciertos internos escrúpulos contra el suicidio, el océano, al que todo contribuye y que todo recibe, despliega seductoramente su entera planicie de lo inimaginable, atrayentes terrores y maravillosas aventuras de nueva vida; y desde los corazones de infinitos Pacíficos, las mil sirenas les cantan: «Venid aquí, corazones rotos; aquí hay otra vida, sin la intermedia culpa de la muerte; aquí hay maravillas sobrenaturales, sin tener que morir por ellas. ¡Venid aquí! Enterraos en una vida que, para vuestro ahora igualmente aborrecido y aborreciente mundo terrestre, es más ajena que la muerte. ¡Venid aquí! Ceded, además, vuestra lápida dentro del cementerio, y venid aquí, ¡hasta que os desposemos!».

Escuchando estas voces, desde el este y el oeste, con el temprano amanecer y al caer de la tarde, el alma del herrero respondió: ¡sí, voy! Y, así, Perth fue a la pesca de la ballena.



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