Moby Dick
Moby Dick —Pero yo no soy hombre valiente; nunca dije que yo fuera hombre valiente; yo soy un cobarde y canto para mantener el ánimo. Y le diré lo que hay, señor Starbuck: no existe en este mundo manera de que deje de cantar, a no ser que me corten el cuello. Y si me lo cortan, le apuesto diez contra uno que le canto la doxologÃa a modo de conclusión.
—¡Loco! Mirad a través de mis ojos si no tenéis unos propios.
—¿Qué? ¿Cómo, en una noche oscura, puede ser que vea mejor que cualquier otro, por muy necio que sea?
—¡AquÃ! —gritó Starbuck, agarrando a Stubb por el hombro y señalando con su mano la proa a barlovento—, ¿no os dais cuenta de que la galerna proviene del este, el mismo rumbo que Ajab sigue en busca de Moby Dick, el mismo que tomó hoy a mediodÃa? Fijaos ahora allÃ, en su lancha; ¿dónde está desfondada? En las tablas de popa, compañero, donde él suele situarse… ¡Su lugar está desfondado, compañero! ¡Saltad ahora por la borda, y cantad hasta desgañitaros, si asà lo deseáis!
— Apenas le comprendo: ¿qué hay en el aire?