Moby Dick
Moby Dick —No, no, no lo era; dije que Santelmo tuviera piedad de todos nosotros; y espero todavÃa que la tenga. Pero ¿sólo tiene piedad de las caras largas?… ¿No tiene agallas para reÃr? Y observe, señor Starbuck… aunque está demasiado oscuro para mirar. Escúcheme, entonces: considero esa llama que vimos en los palos una señal de buena suerte; pues esos mástiles están enraizados en una bodega que va a estar a rebosar de aceite de esperma, ¿no lo ve? Y, asÃ, todo ese esperma ascenderá por los mástiles como la savia en un árbol. SÃ, nuestros tres mástiles serán como tres cirios de esperma de ballena… Ése es el buen augurio que he visto.
En ese instante Starbuck captó la cara de Stubb, empezando lentamente a lucir a la vista. Alzando los ojos, gritó:
—¡Mirad! ¡Mirad!
Y de nuevo fueron observadas las altas y fluidas llamas con lo que parecÃa redoblada supernaturalidad en su decoloración.
—¡San Telmo tenga piedad de todos nosotros! —volvió a gritar Stubb.