Moby Dick

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El salvavidas perdido iba ahora a ser reemplazado: se ordenó a Starbuck que se ocupara de ello; pero como no se pudo encontrar tonel alguno de ligereza suficiente, y como en la febril ansia de lo que parecía la aproximación del desenlace de la expedición los tripulantes se impacientaban con toda tarea que no estuviera directamente conectada con su resolución final, fuera cualquiera la que ésta resultara ser, iban, por tanto, a dejar la popa del barco desprovista de salvavidas, cuando mediante ciertos extraños gestos e insinuaciones Queequeg hizo una sugerencia referente a su ataúd.

—¡Un salvavidas de un ataúd! —gritó Starbuck, sorprendido.

—Es algo bastante raro, diría yo —dijo Stubb.

—Sería bastante bueno —dijo Flask—, el carpintero puede adaptarlo fácilmente.

—Traedlo; no hay ninguna otra cosa que sirva —dijo Starbuck tras una melancólica pausa—. Aparejadlo, carpintero; no me miréis así… el ataúd, digo. ¿Me escuchasteis? Aparejadlo.

—¿Y clavo la tapa, señor? —moviendo su mano como si sostuviera un martillo.

—Sí.

—¿Y calafateo las juntas, señor? —moviendo sus manos como si sostuviera un hierro de calafatear.

—Sí.


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