Moby Dick
Moby Dick —¡Vos, pobre orgulloso observador del cielo y piloto del sol!, ayer os destrocé, y hoy los compases han simulado destrozarme a mÃ. Bien, bien. Pero Ajab aún es amo del imán nivelado. Señor Starbuck… una lanza sin la pértiga; una mandarria, y la más pequeña de las agujas del velero. ¡Rápido!
Ciertos prudenciales motivos, cuyo objeto podrÃa haber sido revivir los ánimos de la tripulación mediante un golpe de su sutil pericia en asunto tan portentoso como el de los compases invertidos, eran quizá accesorios al impulso que dictaba lo que ahora iba a hacer. Además, el viejo bien sabÃa que gobernar mediante agujas transorientadas, pese a su dificultad algo practicable, no serÃa cosa que dejaran pasar por alto los supersticiosos marineros sin algunos temblores y malignos presagios.
—Marineros —dijo, volviéndose firmemente a la tripulación, cuando el oficial le alcanzó los objetos que habÃa pedido—, marineros mÃos, el trueno volvió las viejas agujas de Ajab; pero de este pedazo de acero Ajab puede hacer una propia que apuntará con tanta certeza como cualquiera.
Avergonzadas miradas de servil admiración fueron intercambiadas entre los marineros cuando se dijo esto; y con ojos fascinados esperaron la posible magia que pudiera seguir a continuación. Aunque Starbuck miró hacia otro lado.