Moby Dick

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El salvavidas —un tonel largo y estrecho— se dejó caer desde popa, donde siempre pendía obedeciendo un ingenioso muelle; pero ninguna mano emergió para agarrarlo, y habiendo dado el sol en este tonel largo tiempo, lo había encogido, de manera que se llenó lentamente, y la agostada madera se empapó también en su propio poro; y el remachado tonel ceñido de hierro siguió al marinero hasta el fondo, como para proporcionarle almohada, aunque una dura en verdad.

Y así el primer hombre del Pequod que subió al mástil para la vigía de la ballena blanca, en el propio y particular caladero de la ballena blanca, ese hombre fue engullido por el piélago. Aunque pocos, quizá, pensaron en ello en el momento. De hecho, de alguna manera, no se apesadumbraron por el acontecimiento, al menos no como portento; pues no lo vieron como una premonición de un mal futuro, sino como la concreción de un mal ya presagiado. Declararon que ahora sabían la razón de aquellos inhumanos chillidos que habían escuchado la noche anterior. Aunque de nuevo el viejo de la isla de Man lo negó.





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