Moby Dick
Moby Dick Fueron hasta la misma popa por la banda de sotavento, donde el barco, con la oblicua energía del viento, casi se sumergía en el cremoso mar que pasaba lateralmente a la carrera.
El hombre de la isla de Man tomó el carretel, y sujetándolo en lo alto por los salientes extremos o mangos del eje, alrededor del cual gira la bobina del cordel, se mantuvo con la barquilla angular cayendo hacia abajo, hasta que Ajab se le acercó.
Ajab se situó delante de él, y serenamente estaba desenrollando unas treinta o cuarenta vueltas para formar una lazada manual que lanzar por la borda, cuando el viejo de la isla de Man, que miraba atentamente tanto a él como al cordel, se aventuró a hablar.
—Señor, desconfío; este cordel parece pasado, el calor y la humedad prolongados lo han echado a perder.
—Aguantará, anciano caballero. ¿Os han echado a vos a perder el calor y la humedad prolongados? Parecéis aguantar. O quizá más cierto, la vida os aguanta a vos; no vos a ella.
—Yo sujeto la bobina, señor. Pero lo que diga mi capitán. Con estos cabellos grises que tengo no merece la pena disputar, especialmente con un superior que no cederá nunca.