Moby Dick
Moby Dick En New Bedford, dicen, los padres dan ballenas a sus hijas como dote, y legan a sus sobrinas unas cuantas marsopas por cabeza. Debéis ir a New Bedford para ver una boda brillante; pues, dicen, todas las casas tienen depósitos de aceite, y cada noche se queman sus reservas despreocupadamente en velas de esperma de ballena.
En verano la ciudad es agradable de ver; llena de magníficos arces… largas avenidas de verde y oro. Y en agosto, a lo alto en el aire, los bellos y generosos castaños de Indias ofrecen al paseante, como candelabros, sus piramidales conos erguidos de agrupadas floraciones. Tan omnipotente es el arte, que en muchos distritos de New Bedford ha superpuesto brillantes terrazas de flores sobre las desoladas rocas de desecho dejadas de lado en el día final de la Creación.
Y las mujeres de New Bedford florecen como sus propias rosas rojas. Aunque las rosas sólo florecen en verano; mientras que el hermoso carmesí de sus mejillas es perenne, como la luz del sol en el séptimo cielo. Igualar en otra parte ese florecer suyo no podréis, excepto en Salem, donde, me dicen, las jóvenes emanan tal fragancia que sus novios marineros las olfatean a millas lejos de la costa, como si estuvieran acercándose a las olorosas Molucas en lugar de a las puritanas arenas.