Moby Dick
Moby Dick —No en el mismo instante; no en el mismo… no, el doblĂłn es mĂo, la fatalidad reservaba el doblĂłn para mĂ. SĂłlo yo; ninguno de vosotros podrĂa haber levantado la ballena blanca antes. ¡AllĂ resopla, allĂ resopla…! ¡AllĂ resopla! ¡AllĂ otra vez…! ¡AllĂ otra vez! –gritĂł con metĂłdica entonaciĂłn, prolongada, mantenida, acoplada a las graduales extensiones de los chorros visibles de la ballena–. ¡Va a sumergirse! ¡Largad alas! ¡Arriad juanetes! Tres lanchas alerta. Señor Starbuck, recordad: permaneced a bordo, y ocupaos del barco. ¡Ah del timĂłn! ¡Orzad, orzad un punto! AsĂ; ¡mantenedlo, marinero, mantenedlo! ¡AllĂ asoma la cola! No, no; ¡sĂłlo agua negra! ÂżTodo dispuesto en las lanchas? ¡Atentos, atentos! Bajadme, señor Starbuck; más abajo, más abajo… ¡deprisa, más deprisa! –y se deslizĂł por el aire hasta cubierta.
—Va derecha a sotavento, señor –gritĂł Stubb–, enfrente nuestro; todavĂa no puede haber visto el barco.
—¡Enmudece, marinero! ¡Atentos a las brazas! ¡Caña toda a sotavento…! ¡Ceñid! ¡Que flamee…! ¡Que flamee! AsĂ; ¡bien hecho! ¡Lanchas, lanchas!
Pronto se soltaron todas las lanchas, salvo la de Starbuck; todas las velas de las lanchas izadas… todos los remos bogando; con ondulante celeridad, directos a sotavento; y Ajab encabezando el asalto. Un pálido fulgor mortal prendĂa los hundidos ojos de Fedallah; una espantosa mueca roĂa su boca.