Moby Dick
Moby Dick Cuando Ajab se alejaba, deslizándose, del desmoralizado Deleite, el extraño salvavidas que colgaba en la popa del Pequod destacó conspicuamente.
—¡Ja!, ¡allÃ!, ¡mirad allÃ, marineros! –gritó una voz premonitoria en su estela–. En vano, oh, extraños, huÃs de nuestro triste funeral; ¡sólo nos volvéis vuestra regala para mostrarnos vuestro ataúd!