Moby Dick
Moby Dick Amarrado y retorcido; nudoso y sarmentoso de arrugas; indomablemente firme y resistente; sus ojos refulgiendo como el carbón que todavía brilla entre las cenizas de la ruina, Ajab se mantenía firme en la claridad de la mañana; alzando el fragmentado casco de su testuz a la frente de bella doncella del cielo.
¡Oh, infancia inmortal, y candor del color celeste! ¡Aladas criaturas invisibles que jugueteáis a nuestro alrededor! ¡Dulce niñez del aire y del cielo! ¡Qué ajenas erais a la enrevesada maldición del viejo Ajab! Mas así he visto yo a las pequeñas Miriam y Marta, ninfas de ojos risueños, correteando despreocupadamente alrededor de su anciano padre; solazándose con el círculo de chamuscados mechones que crecían en el borde de ese calcinado cráter de su cerebro.