Moby Dick
Moby Dick En una larga fila india, lo mismo que cuando las garzas alzan el vuelo, los pájaros blancos volaban todos ahora hacia la lancha de Ajab; y al llegar a unas pocas yardas empezaban a aletear allí sobre el agua, girando una y otra vez alrededor con jubilosos y expectantes gritos. Su visión era más aguda que la del hombre; Ajab no podía descubrir señal alguna en el mar. Pero de pronto, al escudriñar más y más hondo en sus abismos, observó en la profundidad un punto blanco vivo, no mayor que una comadreja blanca, ascendiendo con prodigiosa celeridad, y magnificándose al remontar, hasta que giró, y entonces quedaron claramente al descubierto dos largas filas retorcidas de relucientes dientes blancos que ascendían a la superficie desde el inexplorable fondo. Era la boca abierta y la enroscada mandíbula de Moby Dick; su gruesa, ensombrecida mole, todavía medio mezclándose con el azul del mar. La centelleante boca se abría de par en par bajo la lancha como una tumba de mármol descubierta; y dando un golpe lateral con su remo de popa, Ajab hizo girar el bote apartándolo de esta tremenda aparición. Entonces, requiriendo a Fedallah que cambiara de lugar con él, fue hasta la proa, y haciéndose con el arpón de Perth, ordenó a su tripulación que agarraran los remos y estuvieran alerta a ciar.