Moby Dick

Moby Dick

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—¡Oh, mi capitán!, ¡mi capitán!, ¡alma noble!, ¡grandioso viejo corazón, a pesar de todo!, ¿por qué habría de perseguir nadie a ese odiado pez? ¡Lejos, conmigo!, ¡salgamos de estas mortíferas aguas!, ¡volvamos a casa! También son de Starbuck la esposa y el hijo… esposa e hijo de su juventud de hermanos, hermanas y compañeros de juegos; ¡lo mismo que los vuestros, señor, son esposa e hijo de vuestra cariñosa, añorada y paternal vejez! ¡Lejos! ¡Alejémonos!… ¡Permitidme alterar el curso en este instante! ¡Qué alegre, qué jocosamente, oh, mi capitán, vagaremos en nuestro rumbo para ver otra vez el viejo Nantucket! En Nantucket, señor, me parece que tienen algunos días así de azules y suaves, iguales a éste.

—Los tienen, los tienen. Yo los he visto… algunos días de verano por la mañana. Por esta época… sí, es el momento de su siesta ahora… el muchacho se despierta, vivaz; se sienta en la cama; y su madre le habla de mí, del viejo caníbal que soy; de cómo estoy lejos sobre el piélago, aunque, no obstante, volveré para hacerle bailar otra vez.





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