Moby Dick

Moby Dick

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—¡Es mi Mary, mi misma Mary! ¡Me prometió que cada mañana llevarían a mi muchacho al cerro, a que oteara el primer avistamiento de la vela de su padre! ¡Sí, sí!, ¡basta ya!, ¡se acabó, nos dirigimos a Nantucket! ¡Vamos, mi capitán, calculad el rumbo, y partamos! ¡Observad, observad!, ¡el rostro del muchacho en la ventana!, ¡la mano del muchacho en el cerro!

Mas la mirada de Ajab se había desviado; al igual que el frutal carcomido, tembló, y dejó caer su última manzana, hecha ceniza, a tierra[150].












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