Moby Dick

Moby Dick

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—Qué es, qué innombrable, inescrutable cosa no terrena es; qué tramposo, oculto amo y señor, qué despiadado emperador me gobierna; que contra todo natural cariño y añoranza yo así sigo, continuamente empujando, y empellando, y atropellándome; irresponsablemente haciéndome estar dispuesto a realizar lo que en mi propio y natural corazón ni siquiera oso a atreverme. ¿Es Ajab, Ajab? ¿Soy yo, Dios, o quién, el que levanta este brazo? Mas si el gran Sol no se mueve por sí mismo, sino que es como un recadero en el cielo; y ni una sola estrella puede girar si no es a causa de un poder invisible, ¿cómo, entonces, puede este pequeño corazón latir; cómo este pequeño cerebro concebir pensamientos, a no ser porque Dios, y no yo, hace ese palpitar, hace ese pensar, hace ese vivir? Cielos, compañero, a nosotros nos dan vueltas y vueltas en este mundo como a aquel molinete, y el espeque es el destino. Y siempre, ¡atended!, ¡ese cielo sonriente, y este insondado mar! ¡Observad!, ¡ved aquel lejano albacora!: ¿quién le inculcó perseguir a ese pez volador e hincarle el diente? ¿A dónde van los asesinos, compañero? ¿A quién condenar cuando el propio juez es llevado a juicio? Mas hay un viento suave, suave, y un cielo de suave aspecto; y el aire huele ahora como si viniera de un lejano prado; han estado segando en algún lugar bajo las faldas de los Andes, Starbuck, y los segadores duermen entre el heno recién cortado. ¿Durmiendo? Sí, por mucho que nos esforcemos, al final todos dormimos en el campo. ¿Dormir? Sí, y oxidarnos entre el verdor; como las guadañas del año anterior, tiradas y abandonadas en las hozadas a medio segar… ¡Starbuck!


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