Moby Dick
Moby Dick Inflamados por el grito que pareció ser coreado simultáneamente por los tres vigías, los hombres de cubierta se precipitaron a la jarcia para observar a la famosa ballena que tanto tiempo habían estado persiguiendo. Ajab ya había alcanzado su pértiga de destino, unos pies por encima de los otros vigías; Tashtego estaba en pie justamente bajo él, en el tamborete del mastelero; de manera que la cabeza del indio estaba casi al mismo nivel que el talón de Ajab. Desde esta altura se veía ahora a la ballena a una milla aproximadamente a proa, descubriendo con cada oscilación del mar su alta y centelleante joroba, y lanzando al aire regularmente su silencioso chorro. A los crédulos marineros les parecía el mismo silencioso chorrear que hacía tanto tiempo habían observado en los océanos iluminados de luna del Atlántico y el Índico.
—¿Y ninguno de vosotros lo vio antes? –gritó Ajab, dirigiéndose a los hombres encaramados a su alrededor.
—Yo, señor, lo vi casi en el mismo instante que lo hizo el capitán Ajab, y lo voceé –dijo Tashtego.