Moby Dick
Moby Dick Atronando sobre la cubierta del castillo con los extremos de tres amazacotados espeques, Daggoo levantó a los durmientes con tan apocalÃpticos golpes, que éstos parecÃan salir expelidos del escotillón; asà de instantáneamente surgÃan, con sus ropas en la mano.
—¿Qué veis? –gritó Ajab, pegando su rostro al cielo.
—¡Nada, nada, señor! –fue el sonido que, en respuesta, descendió.
—¡Juanetes! ¡Alas! ¡Abajo y arriba, y a ambas bandas!
Desplegado todo el trapo, soltó ahora el cabo salvavidas reservado para alzarlo al mastelerillo del mayor; y, pocos instantes después, allà le iban izando, cuando estando sólo a dos tercios arriba de la distancia a lo alto, y mientras oteaba a proa a través del hueco horizontal entre la gavia y el juanete del mayor, soltó al aire un grito como el de una gaviota:
—¡Allà resopla! ¡Allà resopla! ¡Una joroba como un monte nevado! ¡Es Moby Dick!