Moby Dick
Moby Dick Como silenciosas conchas de nautilos, sus proas ligeras avanzaron raudas a través del mar; mas no se acercaron al enemigo, sino con lentitud. Al aproximársele, el océano se calmó aún más; pareció extender una alfombra sobre sus olas: semejaba un prado al mediodía, así de sereno se extendía. Por fin, sin aliento, el cazador se acercó tanto a su aparentemente descuidada presa, que su deslumbrante joroba entera resultaba perfectamente visible, deslizándose por el mar como algo aislado, y continuamente enmarcada en un anillo giratorio de la más fina espuma de verdoso vellón. Más allá, vio las enormes e intrincadas arrugas de la cabeza apenas emergente. Ante ella, alejada sobre las suaves aguas turcamente alfombradas, iba la refulgente sombra blanca de su amplia frente lacticínea: un melodioso ondular acompañando juguetonamente a la umbría; y, detrás, las aguas azules fluían intercambiablemente hacia el valle en movimiento de su inalterable estela; y, a ambos flancos, burbujas luminosas surgían y bailaban a su lado. Mas de nuevo éstas eran reventadas por los ligeros dedos de cientos de alegres aves que alternando con su agitado vuelo, rozaban suavemente el mar; y la larga aunque quebrada vara de una lanza reciente, brotaba del lomo de la ballena blanca como un asta de bandera que surgiera del casco pintado de un galeón, y, a intervalos, alguna de entre la nube de aves de tiernos dedos, sobrevolando y de un lado a otro flotando como un dosel sobre el pez, silenciosamente se posaba en esta vara, las largas plumas de la cola al viento como gallardetes.